viernes, junio 30, 2006

Crítica: "El señor de la guerra"

Director: Andrew Niccol

Intérpretes: Nicolas Cage, Ethan Hawke, Bridget Moynahan, Jared Leto

Estreno en España: 30 de junio de 2006


Le damos un 6,5

Nicolas Cage se convierte en traficante de armas en esta fábula sobre el negocio más triste del mundo por el daño irreparable que hacen sus productos.

Por mucho que uno se empeñe en controlar hasta los más insignificante detalles, tanto en el cine como en el sector de los trapicheos armamentísticos, lo que empieza a pequeña escala acaba convirtiéndose en un monstruo imposible de domesticar, debido a los excesos, los lujos y las ansias de poder. Pero un día todo se derrumba sólo por el simple hecho de bajarse de la montaña rusa y reflexionar unos minutos.

Los conflictos morales que provocan batallas encarnizadas en nuestro cerebro están encontrando una salida al exterior en más de una película en el Hollywood más alternativo aunque siempre acomodado en el respaldo de los grandes estudios. Cage se apunta a la moda con un prometedor cineasta que pronto dejará de serlo si no se apura, como más adelante contaremos.

El ganador de un Oscar por Leaving Las Vegas ha sabido mantenerse en equilibrio sobre la fina línea que separa el cine más comercial del otro: el independiente, moralizante y combativo. Prueba de ello es este título en el que da rienda suelta a su faceta como productor. El sobrino de Francis Ford Coppola, y a su vez primo de Sofia, se interesó por esta historia que establece cierto paralelismo con el cine de denuncia social inteligente, aderezado con humor ácido.

Por su aire de sátira El señor de la guerra se acerca más a Tres reyes que a Syriana, menos deformada a instancias de un cine más sesudo. Este ejercicio sobre subidas rápidas y bajadas estrepitosas conserva en todo momento el toque de ironía justo en cada secuencia. Y puestos a establecer odiosos paralelismos, antes de que se desinfle el balón, esta pretenciosa historia con su halo de falsa originalidad –aunque convincente- se parece más al segundo título si lo trituramos y añadimos al revoltijo la divertida Everything is illuminated, sobre el chico de origen judío, obsesionado por el coleccionismo, que decide buscar sus orígenes en Ucrania.

Tanto ritmo vertiginoso a veces nos pide un respiro, deleitarnos con secuencias más planas, como el forzado encuentro entre el personaje de Cage y su futura mujer. El abuso de la voz en off nos lleva a pensar que Andrew Niccol ha optado por el camino más fácil, sin querer meterse en terrenos farragosos y solucionando de manera artificiosa el mejunje. De haberlo intentado con más ahínco, saliendo indemne o no, su nombre habría pasado a otro estatus en la realización cinematográfica, quitándose para siempre la etiqueta de cineasta listillo con visos de mejorar tras las plausibles Gattaca y Simone.

Texto escrito por Daniel Galindo y publicado en LaNetro.com.